Por fin solicos

Hoy, y no quiero pensar que debido a esto del conoravirus o como se llame, ha sido cuando me he decidido a empezar a escribir mis memorias. Y es que esta situación que estamos viviendo, nos está poniendo a prueba, como sociedad y como personas.

Individualmente creo que estamos dando la talla. Si los de otras épocas salieron de la viruela, el tifus, el cólera, la guerra o la postguerra… nosotros que ahora contamos con muchas cosas que en otros tiempos no existían (teléfono, televisores, ordenadores, tablets, agua corriente, arcones, frigoríficos, luz eléctrica, etc..) también lo haremos. Ahora faltan mascarillas, antes es que no existían.

Nuestra mente también es un recurso, y además en estos duros momentos, la imaginación y el sentido común han de imponerse. Ya lo dicen los psicólogos: problemas tenemos todos, lo que nos diferencia es como los enfrentamos.

Como ciudadanos, nuestro deber es obedecer las instrucciones que nos dan a rajatabla para no propagar más virus, microbios o lo que sea que sea. Dejemos que unos cuantos nos guíen y manden. Mi padre siempre decía que mande siempre uno, aunque mande mal; y era un pensamiento sabio. No podemos ser más papistas que el Papa. Criticar, entretiene y es poco efectivo, y la toma de decisiones por parte de nuestros gobernantes ahora debe de ser horrible.

Ayer, después de comer, va y me dice mi hombre: oye, Mari, ¿por qué se llama a esto pandemia? y sin pensar (que es por lo que me distingo de otras personas) le he dicho: pues igual que un día dijeron esto es viruela, o cólera, o sida, pues porque a todo le tenemos que poner nombre.

Para mi marido, que dice que es muy creyente, esto es un castigo del Cielo, con lo que estoy en total desacuerdo. A decir verdad, estamos en desacuerdo desde que nos conocimos y tiene que ser algo bueno, porque somos pareja desde hace ya 60 años, ¡ahí es ná!. Para quitarle preocupación y ponerle una nota de color, le he dicho: como somos creyentes y buenos, vamos a marcar la puerta de casa como en la película Los Diez Mandamientos; para que la muerte pase de largo. Él me ha mirado de arriba a abajo y ha sonreído, y yo me he sentido bien.

Antes de estar en alerta, pensé qué si la cosa se liaba, nosotros junto con mis 3 hijos, sus parejas, y mis 2 nietas, nos iríamos todos a la casa que tenemos en el campo, e hice una megacompra. Al final, me ha sorprendido el sentido común de mi familia, que ha decidido que este encierro tenemos que pasarlo cada uno en su casa, así que aquí estamos solicos en la nuestra, tan a gusto; eso sí, con víveres hasta para después del verano.

Desde hace más de 20 años, para nuestra familia las 22:22 representa una hora mágica, y es a la que nos conectamos por teléfono o con el pensamiento. Aunque es una tontería nos mantiene unidos y nos funciona a tope, incluso hay otros familiares y amigos que también lo hacen.

Pero ahora las ocho de la noche también está siendo una hora muy especial. Es cuando contacto con mi hija mediana y su familia, para junto a ellos y sus vecinos de La Latina, aplaudir a nuestros sanitarios, compartir música, y enviar mensajes de unidad y resistencia; y todo ello a través de mi teléfono y un altavoz (algo que en otros tiempos hubiese sido impensable).

De cifras no quiero hablar, todos somos sabedores de ellas, y por muy inconscientes que seamos el estómago duele y los corazones sufren; y dicen que lo peor aún está por llegar. Lo peor es que perdamos las ganas de luchar y de ayudar, que es algo que todos podemos hacer desde nuestras fuerzas. Pensar en los que están peor, hablar por teléfono, infundir ánimos, no ser alarmistas pero si cautos, ser valientes y demostrarlo unidos; sabiendo que todo lo que te sale de dentro del corazón para el bienestar común es siempre bueno.

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