Arturo

Siempre fría. La mano izquierda de Arturo estaba siempre fría. El resto de su cuerpo vivía en un cálido agujero excavado en el monte por los que llegaron antes que él. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, veían el mundo desde aquellas sombras en las que otros no ven nada. Su boca hablaba hacia dentro, de su cabeza al corazón, o quizá fuese al revés, nunca lo sabía con certeza.

Allí estaba Arturo, en el hoyo, sin notar su mano izquierda. Era su ancla con el otro mundo, la duda perenne que le amartillaba la cabeza, esa que no sabía transmitir las palabras que se agolpaban en su interior. Por ser muchas. Por ser bellas. Por hablar bonito solo para él.

Aquel no era un día cualquiera. Lo supo nada más abrir los ojos. Intentó mover su mano izquierda, tirar de ella hacia dentro, hacia su mundo. Imposible. Impensable. Al revés. Su cabeza le decía que lo hiciera al revés. No sabía hacerlo. Nadie tira de sí mismo. Necesita de otro alguien que tire de él. Esfuerzo infructuoso que se quedó en nada. En nada y vacío.

Al atardecer, los dedos de su mano izquierda extendidos hacia el cielo en forma de garra empezaron a sentir el cosquilleo de unas voces que venían paseando. Quizá no pudiera salir solo de ahí. Quizá su mano izquierda solo fuera el nexo, el puente entre dos mundos. Pero alguien había visto su mano, alguien sabía que, bajo la muñeca atrapada por la tierra, Arturo esperaba salir, calladamente, casi sin saberlo.

Supo entonces que no era invisible. Alguien le vio y le bautizó en un cuento. Alguien le había hecho salir.

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