Un servicio esencial

Los he matado. Era tal el odio que les tenía, la angustia que me provocaban que los asesiné. Soy Gregorio, funcionario, soltero, como Gregorio de La metamorfosis de Kafka.

Petri, siempre fisgando por la ventana. Si salgo a la calle y giro la cabeza, ahí está observándome, escrutándolo todo. Federico, su marido y su sombra. Siempre como dos guardiaciviles desiguales (ella más alta que él). Cuando tienden ropa en la terraza común, ocupan su cuerda y por ende la mía, diciéndome “Ah, como nunca subes a tender”. Yo me callo y me jodo. Sacuden los restos de pelusas y comida por la ventana, que vienen a depositarse en el alféizar de la mía. A veces estas pelusas se cuelan volando como mariposas buscando donde posarse. Si me cruzo con ellos, me miran con asco sin decirme adiós. –Son mis vecinos, los detesto­­–.

Aprovechando mi infección de coronavirus hasta el tuétano, he subido hacerles una visita.

Llamo con la mano a la puerta, vuelvo a llamar, esta vez al timbre. La aporreo hasta ver que apoyan el ojo en la mirilla.

—¡Abrid hijos de mala madre, cabrones, desgraciados, hijos de puta!–. Les provoco-.

La puerta se abre. Federico cuchillo en mano, Petri chillando detrás de él. Se abalanzan clavándome la punta en un costado, pero solo de refilón. Le pongo la zancadilla, lo tiro al suelo. Abrazándolo me rebozo con él para contagiarlo. Golpeo su cabeza contra el suelo. Veo con el rabillo del ojo a Petri echándose sobre mi. Con esfuerzo consigo girarme y clavarle el cuchillo de su marido.

Los dejé en el descansillo de la escalera agonizando, pidiendo socorro, pero nadie se asoma, a nadie le importa lo que sucede fuera de sus casas. Todos están cagados por el coronavirus. ¡Como para preocuparse de lo que pasa en la escalera!

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