De mayor quiero ser Don Quijote

Era muy de costumbre en los 80, que el profesor te preguntara en clase, y tú Carlitos, de mayor, ¿qué quieres ser de mayor?, y Carlitos respondía: futbolista, médico o albañil, como mi papá, mientras que Mari Carmen a la misma pregunta argüía: peluquera, enfermera o pintora, ingenieras había pocas por aquella época o al menos, Mari Carmen, no las conocía. En cambio yo, siempre lo tuve claro, sí señor, ¿de mayor?, de mayor, yo quiero ser como Don Quijote.

Y el maestro entre extrañado y pensativo, me respondía: claro que sí hermosa, tú siempre estás en las nubes, y a mí, aunque los demás chicos de la clase se reían, eso de estar en las nubes, me gustaba, era como estar entre algodones, podía saltar de nube en nube, cual pelota de ping pong, despreocupada, jovial y saltarina, chisporroteante, qué divina.

Qué más honrosa misión en la vida podía anhelar que ayudar a los pobres y desfavorecidos, tener el valor y la fuerza suficientes para enfrentarme a gigantes, yo sola, con tan sólo la ayuda de mi fiel escudera y amiga, Mari Carmen, a lomos de nuestras jacas camperas, negras como el azabache, blandiendo nuestra espada para ahuyentar a los malos espíritus.

Y hoy, así nos encontramos, cuarenta años más tarde, ambas cual Quijotes, tras haber lidiado unas cuantas batallas, y ya no solas, ahora somos miles, librando la más dura pelea de entre ellas, por ser actual, muy contagioso, y ser el enemigo diminuto, con la armadura puesta diez horas al día, el alma vestida de esperanza, y esa ilusión que se alimenta a base de aplausos en balcones, sirenas que se agitan al viento, familias que se besan por chats en internet y conversaciones de WhatsApp que aúnan grupos de amigos, mientras llega el bálsamo de Fierabrás que cure nuestros males y nos devuelva a la rutina diaria que nos permita, ¡por fin! fundirnos en eternos abrazos de cuerpo, mente y alma.

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