Aplauso polar

Clara R. despertó angustiada en su sofá gris, frente al televisor. Le preocupaba la frecuencia con que se repetían esos sobresaltos en los tiempos convulsos que le había tocado vivir. En mitad de un plácido sueño, una estremecedora sacudida recorría todos sus músculos, finalizando en un punzante y efímero dolor en la nuca. Normalmente, le costaba recuperar la consciencia; esta no fue una excepción, tardó unos minutos. En la televisión, un documental de “La 2” reflejaba un níveo paisaje en el que una osa polar con dos crías paseaban su andar patizambo y pausado sobre la superficie glaciar; en ocasiones, se sumergían grácilmente en el agua, donde sus blancas cabezas se confundían con pequeñas esquirlas heladas para, repentinamente, encaramarse a una placa de hielo flotante a la deriva.

Clara R. seguía absorta el periplo de los tres osos que -según el documental- eran capaces de oler a su presa, sobre todo, pequeñas crías de foca, a varios kilómetros de distancia. En ese momento, una pequeña foca, tan blanca como los osos, asomó sus enormes ojos cerúleos de entre las gélidas aguas del polo. Lacrimosa mirada, extraña sensación.

Clara R. se puso de pie ante su sofá gris, gritando: ¡No salgas! ¡Quédate en casa!, con las uñas clavadas en las palmas de sus manos, intentando advertir a la pequeña del peligro que corría. Fue astuta, la foca. Los osos pasaron a su lado olfateando; sumergiendo, incluso, sus zarpas en el respiradero donde se ocultaba la cría; Coro, Nav e Irus, (así se llamaban los osos) desistieron de su intento, ¡seguro que habían olfateado otra víctima menos precavida!

Clara R. contemplaba cómo su impávida amiga corría torpemente hacia la orilla, donde una manada de focas la esperaba aplaudiendo incesantemente con sus aletas. Emocionada, aplaudió con ellas. Eran las ocho.

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