La mirada invertida

Durante los tres últimos años, el contacto del abuelo con el mundo había sido a través de la ventana que daba a una calle en la que el tránsito de personas era poco fluido. Cada mañana, después del desayuno, su tarea consistía en esperar pacientemente la hora de la comida. No por ninguna razón especial, sino porque era la actividad más inmediata que iba a realizar; luego esperaba la cena. Así, iba recortando días al futuro del confinamiento en el que le había recluido la edad.

Comenzaba la primavera cuando en uno de los vaivenes de su cabeza preguntó por qué los chicos no iban a la universidad, por qué nadie salía de casa. La vaguedad de la respuesta no le aclaró la situación, la activad se redujo en el escaparate de su ventana, buscó sin éxito su viejo aparato de radio y reclamó su atención el constante aluvión de imágenes de hospitales que escupía la televisión. El mundo entero, decía el aparato, estaba encerrado en casa.

La mañana del domingo después haber comprendió la situación, en un claro de su deteriorada memoria, se levantó más temprano de lo habitual, se vistió con el traje de la última boda y se marchó a escondidas. Volvió a sentir el aire de la calle en su cara, que ya no recordaba.

Salir de casa era extremadamente peligroso. Una pandemia con altos niveles de contagio y elevado índice de letalidad se extendía silente por todas partes. Aunque el abuelo nunca fue un activista, ni siquiera moderado, en esta ocasión tomó la decisión de ignorar las recomendaciones sanitarias, las restricciones del estado de alarma decretado por las autoridades, ignorar las estadísticas y enfrentarse, a cara descubierta, al virus que para él se avisaba letal. La decisión no fue rebeldía, únicamente pensó que, con toda probabilidad y a la vista del transcurrir de los días de sus años recientes, esta sería la última vez que podría caminar por la calle y observar la ventana desde fuera.

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