Corral de Almaguer y la Gioconda

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Creado en Jueves, 14 Marzo 2013

b_300_300_16777215_00_images_fotos_historia_monna-lisa1.jpgSi ya resultaba difícil creer que Corral de Almaguer estuviera relacionado con la corte de Bagdad y el collar de las mil y un noches, imaginaos si os cuento ahora que también lo estuvo, aunque de forma indirecta, con el cuadro más famoso del mundo: La Gioconda.

 

Una de las pocas cosas buenas que tiene el sumergirse entre los montones de documentos y legajos polvorientos que componen la historia de nuestro pasado, es comprobar que de vez en cuando surge alguna sorpresa. Caprichoso como siempre, al destino le gusta jugar con las menguadas capacidades que componen nuestro cerebro y poner en evidencia las limitaciones de sus rudimentarios sentidos; por lo que en ocasiones deja caer delante de nuestros ojos: nombres, fechas, sucesos, detalles importantes que suelen pasar inadvertidos, pero que a veces, sin saber por qué, iluminan algún punto de nuestra oscura memoria y ponen en funcionamiento los intrincados mecanismos de la intuición. Encendida la mecha, se pone en marcha la curiosidad y da comienzo una investigación. Así se inició la presente historia.

Pero para dar comienzo a este relato, necesitamos primero trasladarnos a la corte del rey Juan II de Castilla, allá por los comienzos del siglo XV. La minoría de edad de éste monarca (tenía tan sólo un año cuando murió su padre y catorce cuando fue coronado rey) estuvo marcada por la división administrativa del reino entre sus dos tutores: de un lado su madre, la inglesa Catalina de Lancaster, y de otro su ambicioso tío, el infante Fernando (futuro Fernando de Antequera) obsesionado por asentar su influencia en Castilla colocando a sus hijos (los infantes de Aragón) en los más altos cargos del reino castellano. Transcurrida la desgraciada infancia del monarca, en la que fue utilizado por unos y por otros, Juan II depositó su confianza en su muy amado paje y posterior valido, don Álvaro de Luna, al que nombro condestable y cedió las riendas del gobierno, una vez que éste lo liberó del secuestro al que lo tenían sometido sus primos, los infantes de Aragón, en coalición con buena parte de la nobleza. Como consecuencia de la manifiesta debilidad de carácter del monarca -tan típica de los trastámara- y los plenos poderes otorgados a su valido don Álvaro de Luna, el reinado del padre de Isabel la Católica se vio enmarcado por continuos enfrentamientos entre la alta nobleza, siempre ávida de poder, y la baja aristocracia con don Álvaro de Luna a la cabeza, apoyado por los ricos mercaderes de las ciudades y la minoría hebrea. Los avatares del destino y la muerte en la batalla de Olmedo de uno de los mencionados infantes de Aragón (concretamente Enrique, maestre de la Orden de Santiago) vino a otorgar la victoria al bando de Don Álvaro de Luna, por lo que el rey engrandeció aún más el poder de su valido y lo obsequió con buena parte de los bienes incautados a los perdedores, incluyendo el cotizado cargo de maestre de la Orden de Santiago. Con ello, don Álvaro se convirtió en el personaje más rico y poderoso del reino, a la vez que el más odiado por la nobleza, que jamás cejaría en su empeño de provocar su caída y muerte; como finalmente ocurrió con la ayuda de la reina y la manifiesta debilidad de carácter del monarca. Pues bien, en medio de este caótico y conflictivo panorama, vino al mundo el protagonista de nuestra historia: don Íñigo López Dávalos.

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Era don Íñigo el primogénito del tercer matrimonio del condestable de Castilla Ruy López Dávalos, con la toledana Constanza de Tovar. Su infancia no estuvo exenta de dificultades, pues siendo muy niño tuvo que exiliarse en Valencia con toda su familia, por haber participado su padre, junto con los infantes de Aragón y otros nobles, en el mencionado secuestro del rey Juan II (el llamado atraco de Tordesillas). Como consecuencia de aquellos deplorables acontecimientos y después de que el rey fuera liberado por su valido, éste último amañó un proceso contra el condestable Ruy López Dávalos -al que acusó de connivencia con el rey moro de Granada- desposeyéndolo de todo su patrimonio y dignidades en beneficio propio, pasando don Álvaro de Luna a ostentar desde entonces el título de condestable de Castilla. Para la familia López Dávalos, el valido del rey se convirtió desde entonces en su peor enemigo.

Sin embargo, como no hay mal que por bien no venga, como consecuencia de aquellos luctuosos sucesos nuestro personaje pasó buena parte de su infancia y juventud en la corte de Aragón, codeándose con los infantes y adquiriendo los conocimientos y la cultura reservada a los príncipes. Esa misma cercanía, motivaría el que don Íñigo fuera nombrado caballero de la Orden de Santiago por el infante Enrique de Aragón -que por aquel entonces era maestre- y acompañara en 1435 al rey Alfonso V el Magnánimo (también de Aragón) en la conquista de Nápoles. Participó así en la batalla de Ponza en la que fue hecho prisionero y enviado a Milán donde, lejos de cumplir condena, entabló gran amistad con los Sforza y sobre todo con Filipo María Visconti que le concedió el feudo de Scaldasole desde el año 1436 al 1444. Gracias a su amplia cultura y afán de conocimiento, durante este periodo estableció contacto con los grandes mecenas y artífices del renacimiento italiano, regresando en diversas ocasiones a España cargado de códices y traducciones de los clásicos. Por otro lado, tan relevantes fueron los servicios prestados por don Íñigo en las campañas bélicas italianas, que don Alfonso lo nombró Gran Camarlengo del reino de Nápoles en 1449 y le obsequió con numerosas propiedades en el sur de Italia.

Don Álvaro de Luna, nuevo maestre de la Orden de Santiago, nombraba a don Íñigo en 1445 comendador de Corral de Almaguer y de Villahermosa.

En España mientras tanto y para asombro de todos, su archienemigo don Álvaro de Luna, nuevo maestre de la Orden de Santiago, nombraba a don Íñigo en 1445 comendador de Corral de Almaguer y de Villahermosa. No tenemos muy claro si esta designación, dado el odio que se profesaban, obedecía a alguna de las últimas disposiciones del anterior maestre y don Álvaro se limitó a confirmar la voluntad de su predecesor, o si pesaron más los intereses políticos y diplomáticos con el poderoso reino de Aragón, o si pudo ser por orden del futuro rey Enrique IV con el que don Íñigo compartía su afición por los clásicos, o ya, rizando el rizo, si con ello don Álvaro intentaba redimir las injusticias cometidas contra su padre tras el amañado juicio y su apropiación de bienes y títulos. Sea como fuere, lo cierto es que para el año 1468 nuestro protagonista seguía siendo aún comendador de Corral de Almaguer.b_300_300_16777215_00_images_fotos_historia_mona-lisa3.jpg

En otro orden de cosas, don Íñigo López Dávalos se había desposado en Italia (1440) con Antonella de Aquino, condesa de Montedorisio e hija de los marqueses de Pescara, con la que tuvo siete hijos que heredarían el título de los abuelos e iniciarían el nuevo linaje italiano de los Marqueses del Vasto concedido por el rey Carlos I. A lo largo de su trayectoria en aquel país mediterráneo, don Íñigo se comportó siempre como uno de los grandes humanistas y mecenas de las artes en la Italia meridional, acogiendo en sus palacios a los principales pintores, escultores, músicos y arquitectos de la época. De esa privilegiada relación con los artistas del renacimiento italiano, nos habla precisamente la medalla de bronce esculpida por el escultor Pisanello en 1480 (actualmente en la National Gallery de Washington) en la que aparece la efigie de don Iñigo como Gran Camarlengo de Nápoles vestido a la manera florentina. Cuatro años más tarde (1484) nuestro personaje moría en aquella misma ciudad.

Pero si interesante fue la vida del comendador de Corral de Almaguer don Íñigo López Dávalos, no lo fue menos la de sus siete vástagos, cuatro varones y tres mujeres, destinados a unirse en matrimonio con algunas de los linajes más reputados de Italia: Colonnas, Gonzagas, Farnesios y de la Rovere. De entre todos ellos, sobresalieron con luz propia: don Alonso Dávalos, cuarto Marqués de Pescara y segundo del Vasto, militar de renombre a las órdenes de Carlos I al que Tiziano inmortalizó en dos de sus famoso cuadros; y sobre todo su hermana, Constanza Dávalos y Aquino, duquesa de Francavilla y mujer de gran belleza y valentía, a la que los poetas dedicaron numerosos sonetos en Italia. Viuda desde su tierna juventud por la muerte de su marido Federico del Balzo y Aragón, la conocida como triste Constanza acogió durante décadas en los salones de su castillo de la isla de Ischia (frente al Vesubio) a lo más granado del renacimiento italiano, actuando además con gran valor en la defensa de la mencionada isla contra los franceses (1501) lo que le valió el título de Princesa de Ischia por parte del emperador.b_300_300_16777215_00_images_fotos_historia_monna-lisa5.jpg

Su memoria hubiera quedado relegada para siempre a la isla de Ischia, de no ser por el revuelo levantado a comienzos de siglo por el escritor italiano Adolfo Ventura y el filósofo Benedetto Croce, al identificar a Constanza Dávalos con la enigmática Monna Lisa de Leonardo da Vinci, basando sus teorías en el llamado “Códice de Rima” escrito por el poeta Enea Irpino en tiempos de Leonardo. Aunque en la actualidad parece tener más aceptación la hipótesis de que la retratada es Lisa Gherardini, mujer de Francesco de Giocondo, no deja de ser una más de las muchas suposiciones que, con mayor o menor acierto, se han vertido a lo largo de los siglos sobre la identidad de la mujer de la enigmática sonrisa; por lo que, mientras no se demuestre lo contrario, nosotros preferimos quedarnos con la versión interesada -pero recogida también por el museo del Prado- en la que no se descarta que la dama retratada por Leonardo da Vinci pueda corresponderse con Constanza Dávalos y Aquino, duquesa de Francavilla, princesa de Ischia e hija del comendador de Corral de Almaguer.b_300_300_16777215_00_images_fotos_historia_monna-lisa4.jpg

Texto: Rufino Rojo García-Lajara
-febrero de 2013-

Fotos: 1. La Monna Lisa de Leonardo da Vinci (Museo del Louvre). 2. Medallón con la efigie de don Íñigo López Dávalos, esculpido por Pisanello en 1480 (National Gallery de Washington). 3. Alegoría del Marqués del Vasto arengando a las tropas, pintado por Tiziano (Museo del Prado). 4. Castillo y palacio aragonés de doña Constanza Dávalos en la isla de Ischia. 5. Alonso Dávalos II Marqués del Vasto, pintado por Tiziano (Fundación Getty de Los Ángeles).

 Nota: Para más información, consultar: http://manueldeleon.wordpress.com Hemeroteca ABC 27-01-1951 (pag.8). http://www.albakits.com/DAVALOS.htm

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