La Navidad y el espejo de la utopía

c_280_300_16777215_00_images_fotos_libros_belencapuani.jpgEn el calendario cristiano hay tres días especialmente relevantes. Tienen un significado especial porque en ellos se conmemoran los momentos “más importantes” de la vida del Hijo de Dios que son; el nacimiento, la muerte y la resurrección de Jesús. Aunque cada uno de ellos tenga un sentido específico y matizable dentro del mensaje cristiano, todos tienen en común un dato esencial; en cada uno de esos momentos se produce una íntima unión, una íntima relación, entre el ser humano y Dios. Todo ello, como hemos dicho, en la persona de Cristo. Lo que cambia es el punto de vista. Mientras que en dos de ellos rememoramos su muerte o su resurrección, en el otro lo que hacemos es recordar el día en el que nació haciéndose hombre como nosotros.

 

El origen etimológico de la palabra “navidad” se encuentra en el latín. Procede del vocablo “nativitas-nativitatis” que significa ‘generación’, ‘nacimiento’. Pero, ¿Por qué el día 25? Sabemos que en Roma se celebraba ese día por el nacimiento del dios Sol, que coincidía con el del dios Apolo[1] (que es el dios de la luz, de la claridad, de la armonía; etc., frente al dios Dionisios que representaba la oscuridad, la embriaguez, el desenfreno. Nietzsche interpretó de la mano de estos dos conceptos el origen de la tragedia griega) La Iglesia Ortodoxa, en cambio, celebra el nacimiento de Jesús el día de la epifanía (que en griego significo ‘manifestación’) El motivo es que no aceptaron que se aboliera el Calendario Juliano –establecido hacia el año 46 por Julio César-, y que se estableciese el Calendario Gregoriano (que es el actual y que fue establecido hacia el año 1582 por Gregorio XIII. Sabemos que no coincide propiamente con el nacimiento de Cristo sino que hay una diferencia de 4 años) Dejando curiosidades a un lado, ¿por qué es importante el nacimiento de Cristo? Dogmáticamente la respuesta es fácil; Dios se ha hecho hombre en la persona de Cristo para salvar al mundo. Nuestra propuesta es la de acercarnos al nacimiento de Jesús de un modo más personal, buscando algo original e incluso metafórico. Por ello proponemos mirar nuestra vida cristiana a través diferentes espejos.

El primer espejo es el de la historia del pueblo de Israel. Los cristianos nos miramos en ese espejo y nos preparamos para la llegada del Mesías durante cuatro semanas. Los israelitas también vagaron, simbólicamente, 40 años por el desierto. Los judíos tenían –y cabe esperar que tienen-, una esperanza. Para los cristianos esa esperanza ya se ha cumplido y ahora, la conmemoramos. Para ello nos preparamos durante un período de cuatro semanas llamado “adviento”.

El segundo espejo es el del ser humano postmoderno que vive en el S. XXI. La realidad actual –social, cultural, filosófica, artística, etc.-, nos muestra que en el espejo de la Postmodernidad o no cabe Dios o tiene una “mala imagen”. El hombre se mira así mismo hasta tal punto que se considera como un dios. Esto no es nuevo, ya lo dijo Espinosa[2] (1632-1677) Pero, ¿qué dios ve el ser humano postmoderno?, ¿qué dios observa?

En nuestra época histórica no se ve clara y nítidamente a ese “dios” sino que se tergiversa con y entre los movimientos culturales, sociales, políticos, etc. Esta situación hace que veamos la Navidad mancillada por ciertos valores ‘culturales, sociales y económicos, etc.’ que tal vez, sólo tal vez, no nos permitan ver con claridad el verdadero sentido y significado del nacimiento de Jesús. Pongamos unos ejemplos. Durante la Navidad se exaltan ciertos valores; la familia, la amistad, etc., que algunas veces, no siempre, no se tienen en consideración durante el resto del año. Tal vez, sólo tal vez, estos valores no escondan sino opulencia, entretenimiento y un efímero afecto de convivencia familiar o social. Si esto es así que, afortunadamente no siempre es así, entonces, ¿qué nos queda? Pues hallar ese espejo limpio y original donde veamos el verdadero sentido y el correcto significado del nacimiento de Jesús.

Así pues, sin ser exhaustivo y según lo que sabemos ¿cómo fue el nacimiento de Jesús? En primer lugar, Jesús vino a este mundo en un lugar sencillo y pobre. Tal vez hoy se desconozcan estos valores. Una sociedad opulenta y cangrenada por la doble dirección entre dinero y poder, poder y dinero, quizá no entienda la pobreza de espíritu, ni la sencillez en la vida de una persona humilde. ¿Qué nos hace falta para ser felices? En segundo lugar, Jesús nace en soledad. Día a día constatamos que cada vez más personas viven en soledad y tristeza. ¡Y no sólo personas mayores, también adolescentes y niños! Sucede esto, precisamente en una época histórica caracterizada por la comunicación. Nos podemos comunicar por mensajes, WhatsApp, pero tal vez nadie sepa cuál es el tono de la voz, o el gesto del rostro de la persona que “en soledad” se está comunicando. Y esto sin hablar ni reflexionar del silencio[3], del vacío, de la vida de las personas que malgastan su vida, sin hacer ni pensar en nada, delante de una pantalla de ordenador, o del narcisismo que ha derivado en enfermedades como la anorexia, la vigorexia, etc. Por último, Jesús nace envuelto en amor. En aquella familia había amor, rodeados pobreza y soledad, pero llena de amor. ¿Qué podemos decir de nuestra sociedad actual? ¿Hacemos algo verdaderamente por amor? Y, dicho esto, ¿nos hemos preguntado alguna vez, sinceramente, si podemos vivir sin amor?

Por tanto, ¿en qué espejo nos estamos mirando? Para ser sinceros, ¿no es este tercer espejo una utopía[4], es decir, un “no lugar”? Y si no es una utopía ¿no es un reto para nosotros buscar el nítido y limpio Espejo de Jesús en nuestro interior, en nuestras familias, en nuestros amigos, en nuestro prójimo que es nuestro hermano ante los hombres y ante Dios?

Diciembre, 2014.
Manuel Fdez. de la Cueva
https://ernestocapuani.wordpress.com/

1 Los romanos a Apolo le llamaban Febo.
2 “El hombre es un dios para el hombre”. ESPINOSA, ÉTICA, Parte IV, Prop. XXXV, Escolio.
3 SOBRE EL SILENCIO EN LA POSTMODERNIDAD, Ed. Vivelibro, Madrid, 2013.
4 La palabra “u-topía” procede del griego “ou” que significa ‘no’ y “topos” que significa ‘lugar’.
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