El testamento del deseo solitario

Escrito por Manuel Fernández de la Cueva Villalba. Publicado en Colaboraciones

Manuel Fernández de la Cueva Villalba

 

c_280_300_16777215_00_images_fotos_colaboraciones_clavileno.jpgLa casa estaba alborotada y, después de recibir D. Quijote los santos sacramentos, encontraron una carta adjunta a su testamento. Sancho, como se encontraba nervioso, no entró con el cura y prefirió esperar a la entrada de la casa. El sacerdote, al ver a quien iba dirigida, pidió a la sobrina que lo llamaran para darle conocer el contenido de la carta.

Sancho amigo:

Cuando leas esta carta yo, tal vez, no esté junto a ti para explicártela. Sólo quena, con mis palabras, dejarte un sincero autorretrato de las cosas más importantes de mi vida.

En primer lugar quería hablarte de La Mancha. Sancho, amigo, esta región de España no engaña.

Quienes la conocemos sabemos que esta tierra, abierta como el sol y sincera como la verdad que trae la negra guadaña cuando, sin avisar, siega nuestras vidas, no engaña a nadie. En esta tierra, Sancho, no hay nada que se pueda ocultar. El frío invierno congela los sentimientos de quienes aquí habitan. Parece que para ellos no pasa el tiempo. Nacen, viven sin pena ni gloria, y se marchan en calma como si no hubiera pasado nada. El frío les ha hecho poco expresivos y les cuesta, ¡les cuesta mucho!, expresar todos sus afectos. La primavera, en cambio, llena de color estos fértiles campos. El alma de-los manchegos se levanta y sale al paso de la vida y la fe. Creen en ellos mismos, creen en Dios y creen en el arte de quien cuida de estos campos y vigila su belleza como si fuera su propia alma. El verano, tú lo sabes bien Sancho, llena de luz y calor hasta el último rincón de La Mancha. No encontrarás, en toda esta infinita tierra, una sola alma. Sólo silencio, amigo, silencio. Es el otoño el mes del atardecer cuando se recoge el fruto de la vid. Esta es la época en la que los dioses envidian la vida de quienes recogemos el oro manchego.

En segundo lugar, amigo, quería decirte que tú has sido la única persona que ha permanecido fiel a este anciano que sólo tuvo un deseo; moverme por la fe del "buen hacer" en estos desquiciados tiempos. Y ¿por qué digo esto amigo? Porque ni yo mismo he sabido cómo me llamo. Mi creador no se decide si nombrarme "Ingenioso Hidalgo" o "Ingenioso Caballero". Yo mismo quise cambiarme el nombre varias veces llamándome el "Caballero de los leones". Ahora amigo, que yo no soy "D. Tonto" tal y como me nombró aquel eclesiástico, me gustaría llamarme "Alonso Quijano el Bueno".

También me gusta el nombre que tú me pusiste: "El Caballero de la Triste Figura" porque he pensado queda bien a ninguno de los dos. A ti porque, como manchego, te gusta ser quien eres y a mí porque respeto, aunque nunca te lo he dicho, la sabiduría de tus refranes y el "don" me recuerda que, sin "din", es cataplines en latín o aquel otro que dice que como /os dones valen tan poco a mi caballo le pongo "señor don Potro".

Y, por último, antes de despedirme quería pedirte un último favor y es que D. Miguel de Cervantes no quiere decir donde nací y donde moriré, para que contendiesen por ello todos los pueblos de La Mancha. Quiero que sólo tú sepas este secreto; Nací en un lugar que tú conoces bien y que es denominado como Barataria. Allí me gustada morir y ser sepultado. Éste es Sancho el único testamento que deja mi deseo solitario.

Gracias, amigo Sancho.

Barataria, da igual el día y el año.

La tristeza invadió hasta el último rincón de la casa. El sol y la alegría se ocultaron entre los muebles, los colores y las paredes. Sancho, apretando la boina con las manos, lloró en silencio.

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