Don José Negrete, conde de Campo Alange, y Sara Carbonero

Publicado en Colaboraciones

c_280_300_16777215_00_images_fotos_colaboraciones_Campo_Alange.JPG Nada más agradable que escribir por encargo, pues así el asunto y aun el tono ya te lo dan en bandeja y no necesita uno rascarse  el blando escaparate de las meninges. Si el encargo viene de un amigo, el placer es doble.

No se deje engañar el amable lector por el título. No voy a contar nada de esas cosas amarillentas o rosadas de amoríos e infidelidades bien remuneradas. El título es meramente publicitario. Si  pongo sólo Don José Negrete y su título nobiliario, muchos serían los que ojearían las líneas sin más comezón; pero si le adjunto Sara Carbonero, lo leerán hasta en la Curia romana. Pero aparte de ser una estrategia publicitaria, hay un pequeño nexo entre tan ínclitos personajes: el Conde fue asistido, justo después de nacer en el carruaje en el que viajaba la madre a su paso por nuestra villa, en la casa situada en la calle de los Collados número 15, justo enfrente de donde tiene hoy su casa Sara, solo que más de un siglo antes.

 

Por ALEJANDRO PÉREZ MARTÍNEZ

A José, del que surgió la idea.
A Pedro, que confió en mí para llevarla a cabo.
A mis amigos y alumnos del IES La Besana,
donde a lo mejor un día rocé eso que no existe, la felicidad.

El Conde         

No sin exageración podríamos decir que José Negrete fue vecino de Corral. Si lo fue, no lo sería más allá de los días en que su madre tardase en recuperarse del parto; pues la rotura de aguas la pilló a la buena mujer de viaje. Así que la casualidad y las contracciones hicieron que tuviera que parar y parir en Corral, y el futuro conde mostrase sus nalguillas al mundo en  esta villa y en 1812.  Nada sabemos del médico, comadrona o buenas vecinas que ayudaron en el parto. Pero sí sabemos que mientras don José se escurría a este mundo, en Cádiz los sitiados por las tropas napoleónicas y defendidos, a su vez, por la Royal Navy fraguaban la primera constitución española digna de tal nombre. Sería allí, en la isla de León, donde los corresponsales de guerra ingleses, franceses, alemanes, italianos dieran noticia de un movimiento artístico que en el resto de Europa triunfaba: el Romanticismo. Y romántica iba ser la vida y la obra de nuestro conde.

Rodeado de los cuidados y protección de su adinerada familia, se trasladó con ésta, siendo un muchacho, a París, por los años de la restauración borbónica en Francia, donde estudió matemáticas e ingresó en la carrera militar. Una vez licenciado en 1831, obtuvo permiso del gobierno francés para asistir al sitio de Amberes como agregado al Estado Mayor. La ciudad belga había sido ocupada por los holandeses, y las tropas galas la sitiaron durante un mes. Esta experiencia, sus primeros encuentros con la muerte en el campo de batalla,  se le quedó embotada en la memoria y sobre ella escribiría, ya de vuelta en Madrid, Recuerdos del sitio de la ciudadela de Amberes, que publicaría en la revista El Artista a lo largo de siete entregas.  Fue hombre de letras por vocación y por vocación hombre de armas, y la una y la otra ocuparían alternativamente su corta vida.

La obra

La mayor parte de su obra literaria está contenida en varios números de esa revista. Esta publicación tendría una importancia esencial en la consolidación y renovación del Romanticismo en España. En sus páginas participaron escritores de la talla de Espronceda, el Duque de Rivas, Bretón de los Herreros, Martínez de la Rosa o José Zorrilla, por citar sólo a los más conocidos; pero también dio cabida a autores de los que poco o nada se sabía en nuestro país, el caso más sobresaliente fue el de Víctor Hugo. Este periódico, como ellos lo llamaban, sirvió para la conformación del canon literario romántico. Utilizaron una inteligente estrategia: colocaron al mismo nivel, en sus críticas, comentarios y traducciones, a autores indiscutibles del pasado como Dante, Shakespeare (Sánchez Ferlosio recomendaba escribir Chéspir), Calderón de la Barca, Tirso de Molina,  Cervantes, Walter Scott o Lord Byron junto a los nuevos escritores románticos. Además, prestó especial importancia a las ilustraciones, la mayoría, litografías del pintor Madrazo, que acompañaban a los textos.

El papel de Campo Alange en esta publicación no se limitó a la mera colaboración, fue coeditor de la misma, junto a Eugenio de Ochoa y Federico Madrazo. De hecho, el consejo de redacción se reunía en alguno de los dos palacetes que el conde tenía en Madrid. Atendió también a los aspectos tipográficos y daba indicaciones precisas a los impresores. Sus colaboraciones literarias fueron especialmente abundantes a lo largo del año 35.

En esta época ya alternaba la pluma con el sable. En 1933 había pedido su ingreso voluntario en el ejército isabelino y fue enviado al frente Norte. Podía haber llevado una vida plácida y lujosa, pero le tiraba la acción y no se resistió a participar en la primera guerra civil española (la  primera guerra carlista). Se jugó la vida en los enfrentamientos que precedieron a la liberación de Bilbao, sitiada por el ejército carlista al mando del general Zumalacárregui, liberación que él no llegaría a disfrutar. En los descansos de la contienda, uno especialmente largo ya que había recibido un tiro en el pecho, regresa a Madrid y se enfrasca en las tareas literarias. Los aprovecha también para viajar. De esto dejará constancia  en su Recuerdo de Sevilla.

Podía haber llevado una vida plácida y lujosa, pero le tiraba la acción y no se resistió a participar en la primera guerra civil española

El Artista no fue un magazine especialmente polémico. Para la época en que sale a la luz la mayor parte de sus colaboradores ocupaban importantes puestos de poder. Durante el reinado de Fernando VII (que Campo Alange no padeció, pues estaba en Francia) esos autores habían sufrido persecución, encarcelamiento y exilio. La mayoría huyó a París o a Londres. Espronceda (Lisboa, Londres, París), el Duque de Rivas escribe su Don Álvaro o la fuerza del sino en la capital francesa o Martínez de la Rosa, exiliado asimismo en Francia. El caso de este último es especialmente ilustrativo. El autor de La conjuración de Venecia, al que sus adversarios políticos llamaban Paquita la pastelera (el lector ya se imaginará por qué), estuvo exiliado en París. Había participado en las Cortes de Cádiz y tras el regreso de El Deseado (al que los españoles recibieron, no lo olvidemos, con el  grito de “¡vivan las caenas!”, España y yo somos así, señora) fue encarcelado. Durante el Trienio Liberal se convierte en ministro de Estado, pero a principios de la Década Ominosa se ve obligado a huir. Pues bien, para la época en que colabora con Campo Alange, la regenta María Cristina lo había llamado para formar gobierno. Ocupó el cargo de Presidente del Consejo de Ministros y sucesivamente importantísimos puestos políticos, recibe un sinfín de distinciones y  regresará a Paris, cosas de la vida, esta vez como embajador. Algo parecido podríamos decir del Duque de Rivas o de Espronceda, que llegaría a ser diputado en el Congreso, donde, por cierto, murió asfixiado durante una de sus intervenciones parlamentarias.

La crónica

Volvamos al Conde. Decíamos más arriba que una de sus primeras colaboraciones literarias fue esa especie de memorias íntimas durante el sitio de Amberes. En una pequeña nota introductoria señala que no adoptará el papel de historiador, sino el de pintor y poeta. Toda una declaración de intenciones romántica: no se trata de consignar hechos objetivos, pretende tocar los sentimientos y la imaginación del lector. El espanto, los silbidos infernales, los tejados de la ciudad iluminados por la luna cuyos rayos destellan en los cascos de los combatientes. Reta a aquellos que buscan emociones fuertes, a los autores de imaginación cadavérica, inflamados por los puñales y los sepulcros, a que acudan a esos lugares de batalla, que son manantial inagotable de horrores. Allí, a diferencia de lo que ocurre en el teatro no vuelven a hacer papel mañana los muertos de hoy.

Describe con especial emoción y horror una noche de diciembre en la que decide no regresar a su alojamiento, sino ir a ver cómo van los trabajos de zapa en una de las trincheras. Los hombres hundidos en el lodo hasta las rodillas, las bombas cruzando el cielo como estrellas fugaces, el retumbar de las explosiones, el fuego como de artificio de las que estallan en el aire. El barro entremezclado con la sangre. Al llegar al extremo de la trinchera, que todavía seguía en construcción, ve con pavor cómo los zapadores son literalmente aplastados por los proyectiles: sus tripas desparramadas con los cascos aplastados y sus uniformes rotos.

En otra ocasión, junto al ejército belga, asiste en el puerto a una sigilosa vigilancia ante la posibilidad de que, aprovechando la oscuridad, parte de la flota holandesa intentase acercarse río arriba. Silencio tenso, el crujir de los barcos anclados en el puerto, el sonido de las campanas de la catedral, que acompañan y acompasan aquella larga espera y cuya música se asemeja a una súplica que los cadáveres esparcidos por el suelo entonaran al Señor. Por fin, una sombra opaca en medio del río. Se abre fuego, la embarcación se hunde lentamente coronada por las llamas y los gritos de la tripulación.

José Negrete fue decidido partidario de que los jóvenes viajaran como complemento a su formación. Recomienda, del extranjero, conocer Portugal, Francia, Italia y Turquía. Del interior de España se muestra también selectivo: compara la belleza y monumentalidad de la Bolsa de París, la Scala de Milán, el palacio de Ajuda con la pobreza de los corrales arruinados de Mérida, los rancios edificios de Burgos y de Toledo. Juicio que hoy no podría suscribir.

José Negrete fue decidido partidario de que los jóvenes viajaran como complemento a su formación

A finales del siglo XVIII y durante todo el XIX se puso de moda en Europa la literatura de viajes. Ingleses, franceses y alemanes, sobre todo, publicaron muchos libros de este género (recordemos el espléndido Viaje por España de Gautier o los libros de Stendhal*)

Los viajes

Seguimos. De entre todos los viajeros europeos fueron los ingleses los más aficionados a visitar nuestro país; la mayoría movidos por la lectura de El Quijote (recordemos que fueron los críticos y escritores ingleses los primeros, antes incluso que los españoles, en señalar la maestría de la obra de Cervantes) y por el teatro del Siglo de Oro (al que tanto aprecio mostraron también los románticos alemanes). Por eso cuando venían a España querían vivir esa atmósfera vetusta, asalvajada, pobre y rancia de la que habían disfrutado en sus lecturas. A Campo Alange esto le parecía una infamia, pues fraguó una imagen de nuestro país que se asentaría durante mucho tiempo en el resto de Europa. Critica a esos excursionistas maniáticos y casi locos, que a lomos de un asno, recorren los eriales castellanos, refugiándose en ventas de miseria, abotargados de vino asqueroso, sufriendo robos y apaleamientos a manos de bandoleros con el trabuco naranjero a la espalda. José Negrete quería que se ofreciera una imagen más moderna, más acorde con el siglo en movimiento que él vivía o creía vivir.

En Recuerdo de Sevilla combina tres géneros muy en boga: el ya señalado libro de viajes, el cuadro de costumbres y el relato romántico. Pongamos unos ejemplos. Cuando recorre el Guadalquivir en un barco de vapor, deja volar su imaginación a aquel río Betis surcado de blancas velas, de naves romanas, de galeones españoles; a aquellas orillas florecidas de olivares, de bosques de naranjos, de abigarrados rebaños. En esa ensoñación compara aquellas tierras con los Campos Elíseos de la antigüedad. Pero despierta. Mira a su alrededor y ve a una mujer a la que no se atreve a ponerle tal nombre por no molestar al género femenino: lucía tan frondosos bigotes, barbas tan largas, hablaba con una voz tan bronca y aguardientosa, que a un mono vestido de húsar, propiedad de un inglés que también en el barco estaba, le producía espanto verla y cuando la miraba, ponía los ojos en blanco y chillaba al tiempo que abría y cerraba con terror las mandíbulas. Lo demás, un loro en una jaula, el piloto al timón y gente pobre y descabalada.

Más tarde, una vez que ha desembarcado en Sevilla, visita sus más célebres monumentos. En la última entrega relata su visita a la catedral. Aquí Campo Alange aprovecha para insertar el episodio más típicamente  romántico de esta obra. Recrea una relación de sucesos de Arana de Valflora (finales del siglo XVIII), en concreto el episodio en que un joven galán entró también en la catedral. Aquel galán (segundo don Juan Tenorio, como diría Espronceda) gallardo, pendenciero y guapo, acostumbrado a tenerlo todo al alcance de la mano, buscaba alguna aventura que le removiese el hastío en el que empezaba a declinar. Se pasea distraídamente por el interior de la catedral hasta que descubre, medio escondida tras un pilar, la figura de una dama, arrodillada y de buen talle. Cuando se acerca para ver su rostro, ella lo cubre con un espeso velo. Como ave de rapiña el joven comienza a dar vueltas por la nave sin quitarle el ojo a la mujer, que parecía ensimismada. Al cabo de unos minutos, la muchacha se levanta e inopinadamente le hace una seña a nuestro excitado protagonista para que la siga. Y la sigue y aun persigue por entre medias de los fieles que en la iglesia estaban. Por fin la dama se para delante de una capilla. Él la agarra del vestido, pero ella, como una serpiente, se escurre de entre sus manos. Se vuelve a detener y le hace frente al conquistador. Aunque el espeso velo cubría su rostro, se podía distinguir a su través el relumbrar de sus ojos. Permite que él le descubra la cara. Al posar sus manos sobre la tela, siente una sacudida eléctrica, el velo se rompe en pedazos como si fuera de cristal, los vestidos de ella se le aplastan en torno a su figura, y descubre el asustado seductor, en aquel rostro que creía angelical, la imagen de una calavera.

No es imposible, más bien al contrario, que Espronceda hubiera leído esta obra de Campo Alange antes de escribir El estudiante de Salamanca. Habida cuenta, además, de que el autor de  El diablo mundo publicó una larga nota necrológica el 16 de enero de 1837 en el periódico El Español, donde alaba la vida y la obra del conde, en un estilo un tanto engolado y campanudo.

Junto a estas dos obras, digamos, mayores, publicó también por entregas una novela de recreación histórica, Pamplona y Elizondo. No hago mucho comentario sobre ella para no cansar al amable lector. En esta ocasión combina el realismo contemporáneo con una melancolía poética característicamente romántica. El contraste entre la juventud y el amor, por un lado, y la realidad de la guerra, por otro. La separación y aun incomprensión mutua entre el mundo militar y el ámbito civil. Además, el autor despliega su habilidad para los diálogos, cosa que sólo tímidamente habíamos visto en Recuerdo de Sevilla.

El artículo

Otro de los géneros literario-periodísticos en el que Campo Alange despuntó fue en el artículo breve de actualidad. En la sección Variedades de la revista aparecen numerosos comentarios  sobre temas, como suele decirse, candentes. Algunos de ellos escritos en colaboración con Eugenio de Ochoa, destacan sobre todo los relativos a la crítica de teatros.

Campo Alange despuntó en el artículo breve de actualidad

El conde fue gran aficionado al arte escénico, sobre todo en su vertiente romántica. En este sentido muestra una visión moderna, pues considera las obras no sólo por la pertinencia y la calidad de los textos (cosa que para los clásicos sobraría), sino que concibe la representación como un espectáculo y atiende a los detalles escenográficos, al vestuario, la iluminación y la destreza de los actores. Con una prosa irónica va desgranando algunos aspectos del teatro español de la época.

A propósito de la puesta en escena de La vida es sueño, comienza quejándose de que el apretujado público estaba compuesto fundamentalmente por los bancos vacíos de la sala. El vestuario, rancio; los decorados, mohosos; la música que convidaba al sueño. Uno de los actores, un tal Galindo, muy aficionado a meter morcillas cuando le daba la gana, convirtiendo el texto original en un galimatías incomprensible, si después de alguna de sus intervenciones, el escaso público aplaudía, paraba la representación para dar las gracias a la amable audiencia.

En otro texto sobre la ópera Guillermo Tell, que se representaba en el teatro Príncipe, comenta que el cuantioso número  de candilejas desprendían un humo tan molesto que atentaba contra la salud broncopulmonar de los asistentes y la tersa piel de las damas. Por esa época se comienza a instalar en las salas la iluminación por gas. Permitían mayores juegos luminotécnicos y dejar la sala a oscuras durante la actuación, pero fueron muchos los teatros que ardieron a causa de esta innovación.

Otro artículo lo dedica a elogiar el estreno de Don Álvaro o la fuerza del sino (estreno que provocó un pequeño escándalo entre algunos de los presentes). Alaba la obra y la valentía del empresario al atreverse a financiar un texto tan moderno (es decir, tan romántico).

Pero el deber y el ansia de adrenalina mandaban. A finales de diciembre de 1835 se reincorpora al ejército e interrumpe, por tanto, sus colaboraciones. Un año más tarde, también en diciembre, recibe en el frente de batalla otro tiro en el pecho. Viendo que la cosa no pintaba bien, decide hacer testamento. Lega la mayor parte de sus cuantiosos bienes a los soldados heridos y mutilados. Poco después de firmarlo, dio su espíritu, quiero decir que se murió (EL Quijote, segunda parte, capítulo LXXIIII).

 

*[A propósito de Stendhal no me resisto a hacer un breve comentario sobre el famoso síndrome que lleva su nombre, conocido también como síndrome de Florencia o del viajero. En su libro Nápoles y Florencia: un viaje de Milán a Reggio el propio autor lo describe con ocasión de su visita a la basílica de la Santa Cruz de Florencia: tal fue el impacto que le causó la sublime (sublime se suele usar mucho en estos trances) belleza de la basílica, que sintió acelerarse el pulso, una sensación de mareo y miedo a caerse desplomado. A partir de ahí, se habla de síndrome de Stendhal cuando alguien, extasiado por la contemplación de la belleza de un cuadro, de una escultura, de un monumento, siente elevarse su ritmo cardíaco, padece vértigos y desmayos. Este desvarío sicosomático fue catalogado clínicamente allá por los años 70 del siglo pasado.  En realidad no se trata más que de una superchería romántica y cursi, pero que ha cuajado en el común. No hace muchos años una marca de coches utilizó lo del síndrome de marras para publicitar un nuevo modelo. En realidad el viaje que llevó al autor de Francia a Italia fue largo y tortuoso. A ratos en carruaje, a ratos a caballo llegó exhausto a Florencia. En vez de irse a descansar, decidió primero visitar la Santa Cruz. Pidió agua, pues estaba medio deshidratado, y como es lógico padeció los típicos síntomas de una lipotimia. Lipotimia que sublimó en éxtasis ante la inasible belleza. Así que, querido lector, cuando veas a un turista sentado delante de un cuadro o en un banco de una catedral con aspecto de estar saliéndosele el espíritu hacia regiones etéreas, en realidad lo que está haciendo es descansar los pocos minutos que el o la guía le deja hasta meterlo de nuevo en el autobús, y seguir padeciendo esos arrebatos místicos en la siguiente parada. Lo más sublime en estos casos es la cama del hotel.]

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