Miércoles, Febrero 21, 2024

b_280_300_16777215_00_images_fotos_colaboraciones_doshermanas.jpgDurante siglos y a lo largo de la geografía española, la encina (carrasca, chaparro...) ha dominado los paisajes de los pueblos, siendo testigo muda de los hechos históricos y sociales que acontecieron durante su transcurso. La encina es uno de los árboles más presentes en la cultura mediterránea como símbolo de longevidad, solidez y, según Tito Livio, de justicia y fuerza. Cuando el mito nos habla de que una ardilla podía saltar de árbol en árbol para cruzar la Península Ibérica de norte a sur, debemos de tener en cuenta a la encina como árbol preeminente de ese inmenso bosque.

Por José María Aparicio
Desgraciadamente la agricultura intensiva y mecanizada fue acabando poco a poco con ese fabuloso paisaje en aras del incremento de la producción. Por eso hoy toca levantar la voz para defender el árbol como parte de nuestro patrimonio, porque como dice el gran experto Ignacio Abella  “defender el árbol es defender la Tierra, la inocencia, la cultura y la belleza y todo aquello que no tiene voz ni armas para defenderse. Defender el árbol es defendernos a nosotros mismos”.

En el paisaje corraleño, hoy huérfano de aquellos exuberantes encinares, todavía podemos encontrar algunos parajes solitarios que nos recuerdan ese fastuoso pasado plagado de bosques. En el monte de La Viuda hallamos uno de esos raros y espléndidos rincones donde la encina todavía es protagonista. Allí se arraigan, entre familiares dispersos, dos longevos ejemplares testigos silenciosos de la Historia, nos referimos a las encinas conocidas como  “Las dos hermanas”, que con sus alrededor de 400 años disfrutan de una hermosa madurez (edad aproximada según Mariano Sánchez García, conservador del Real Jardín Botánico-CSIC, atendiendo a sus medidas perimetrales. Las encinas tienen una vida media de 800 años y algunas pueden alcanzar el milenio).

Para poder observar a la inseparable pareja, hay que aventurarse por el camino de Santa Cruz, desviarse por el Carril de la cueva Martínez hasta llegar a la propiedad de José Ramón del Águila, conocida como la tierra del pozo “la partición”. Allí  “Las dos hermanas”, llamadas así por su porte casi gemelo, se yerguen imperiales con su doble copa redondeada y sus hojas siempre verdes en contraste con la corteza parda y resquebrajada, como cicatrices que el tiempo les ha ido dejando. Solitarias orgullosas, parecen hacer honor al verso de Machado:
«...En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdioscura fronda
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece su talante.
Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
solo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede...»

Cuando aún era bellotas chiquitinas, en nuestra villa nacía el Monasterio de San José, fundado por Francisco del Rincón y su mujer María Gualda apodada (fíjate tú que cosas) La Carrasca. A partir de ahí nuestras viejas encinas escucharon de boca de pastores y campesinos que buscaban su sombra o su cobijo lo que acontecía a sus alrededores. Así, entre otras cosas, supieron de la Sublevación de Cataluña (1640-1659), Guerra de la Restauración portuguesa (1640-1668), Guerra de Sucesión española (1701-1714), Guerra de la Independencia Española (1808-1814), guerras de independencia hispanoamericanas (1810-1833), guerras Carlistas (1833-1876) y la cercana Revuelta del duro (1931), antecedente de la  Guerra Civil Española (1936-1939). Si además sumaran la veintena de otras guerras menos conocidas que se sucedieron en el transcurso de sus vidas, se podrían contar con los dedos los años en que la tierra no se manchó de sangre derramada.

También supieron en su temprana juventud de epidemias y plagas que diezmaron la población y los cultivos corraleños, de la expulsión de hijos de Corral de confesión musulmana (1610) y de la construcción de una nueva ermita. Con el transcurso del tiempo, y cuando ya contaban cerca de 200 años, les llegaron  rumores de que un nuevo y espléndido edificio se levantaba en la villa para alojamiento de nobles en su paso por nuestra localidad: “la casa de Postas” o de Medrano; que el famoso arquitecto Ventura Rodríguez (1777) diseñaba el nuevo ayuntamiento a la par que los ingenieros diseñaban el trazado del nuevo Camino Real de Valencia-Cartagena que cruzaba el valle del Riánsares, lo que implicaba la construcción de un magnífico puente de piedra que uniría para siempre el arrabal con la antigua población.

Mientras tanto, “Las dos hermanas” se mantuvieron, se mantienen (¿se mantendrán?), impávidas, hieráticas, floreciendo en abril y dando sus frutos a mediados del otoño, dispuestas a escuchar o a susurrar secretos durante otros 400 años a quien los quiera oír al abrigo de su gemela sombra.

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