b_280_300_16777215_00_images_com_osgallery_gal-27_original_v-lucreia-11AB7BFB52-DBE1-7A9B-1ABE-BBC06DB6F5E3.jpg La Asociación de Mujeres Santa Águeda salta de nuevo al vacío con la arriesgada puesta en escena de un texto de finales del siglo XVI, que transcrito al lenguaje y tiempo actual mantiene una amenazadora vigencia. Con esta representación ponen un cierre de calidad a la programación de actos celebrados en Corral de Almaguer con motivo del Día Internacional de la Mujer.

El adjetivo shakeasperiano está siempre cargado de drama, de conflictos, de traiciones, de tragedias que se repiten a lo largo del tiempo aunque algunas cosas han cambiado desde que William Shakespeare escribiera el poema narrativo La violación de Lucrecia. Era 1593, cuando en la sociedad londinense de Isabel I las mujeres tenían totalmente prohibido subir a un escenario a interpretar cualquier personaje, por muy femenino que fuese. Cuatro siglos después, el escenario del auditorio corraleño se llenó de mujeres libres el pasado sábado 9 de marzo con un grito desgarrador: la tragedia de una acción deplorable que sigue persistiendo en la sociedad.

Sobre las tablas, estas mujeres muestran cómo la bella Lucrecia es víctima de los depravados deseos de Tarquino, guerrero romano de linaje real en quien no ve malicia ni presiente falsedad ante sus miradas. Sin embargo, el autoritario guerrero arde en deseos que vencen los temores que le traen los peligros de sus abominables intenciones, y aunque el premio implique la muerte, bien merece el intento e insiste en satisfacer su deseo con éxito sin reparar en nada, despreciando los frenos de su voraz lujuria. El abusador príncipe, lejos de sentir culpa por sus actos, descarga en Lucrecia la responsabilidad: “He venido a escalar tu inconquistable torre; tuya es la culpa, ya que han sido tus ojos los que a mí te entregaron”. Como en tantas ocasiones, de nuevo la culpa cae sobre la víctima, que arrastra la cicatriz eterna que no admite cura, carga con el peso de la deshonra de su cuerpo que la atormenta y termina en situación límite ante la desesperanza de que cuando le llegue la ayuda ya no le servirá.

Con esta adaptación de La violación de Lucrecia, su director, Alberto Novillo, hace un triple salto mortal sin red planteando un tema de rabiosa actualidad, trabajando con mujeres de reducida experiencia en interpretación y poniendo en sus bocas los complicados versos de Shakespeare. El resultado es una puesta en escena de gran tensión dramática, entre las largas cortinas de pureza mancillada que arropan el dormitorio de Lucrecia, donde se introducen oscuros personajes que esconden la vileza de sus actos tras el anonimato de las blancas máscaras que cubren sus rostros. Un coro mitad compasivo mitad insquisidor desgrana la acción con un abanico de voces narradoras que se transforman en personajes cargados de simbología, en un escenario donde todo tiene sentido: el vestuario, la caracterización, la iluminación y el buen trabajo realizado por las actrices, entregadas a la acción alrededor de la desgarrada recreación que Laura Estremera hace de Lucrecia. Un espectáculo de calidad que a nadie deja indiferente.

La representación de La violación de Lucrecia, ofrecida por la Asociación de Mujeres Santa Águeda, pone de manifiesto lo poco que se ha aprendido de esta historia que ocurrió en la antigua Roma, y que dos mil años después se sigue poniendo el foco en el lugar equivocado. Más que nunca es necesario recuperar el grito angustiado de Lucrecia: “Que nadie se revele contra la flor marchita, sino contra el invierno que maltrata la flor”.

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